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La crisis de los bonos norteamericanos: la economía global a un paso del abismo

Crisis Económica

Problemas en la Economía

El mercado de deuda estadounidense está enviando una señal que empieza a preocupar a los inversores: la rentabilidad de los bonos del Tesoro a largo plazo se ha situado por encima de la barrera del 5%, alcanzando niveles que no se veían desde hace más de dos décadas. En las últimas sesiones, el bono estadounidense a diez años se ha movido alrededor del 5%, mientras que los vencimientos más largos, como los bonos a 20 y 30 años, han registrado rentabilidades superiores.

La diferencia es importante. No debe confundirse el nivel del 5% del Treasury a diez años con las rentabilidades superiores al 5% registradas en los vencimientos de mayor duración. La presión sobre la curva se concentra especialmente en el tramo largo, donde los inversores exigen una mayor compensación por asumir durante décadas los riesgos de inflación, déficit público y aumento de la oferta de deuda.

La Reserva Federal recoge actualmente rentabilidades superiores al 5% en buena parte de la curva larga del Tesoro. El nivel exacto cambia diariamente con las condiciones del mercado, por lo que resulta más apropiado hablar de una zona del 5% en el bono a diez años y de rentabilidades superiores al 5% en los vencimientos más largos, en lugar de presentar una cifra puntual como si fuese estable.

El 5% no es un precipicio, pero sí una señal

La barrera del 5% tiene un importante componente psicológico y financiero. No existe un nivel mágico a partir del cual la deuda estadounidense deje automáticamente de ser sostenible, pero superar o aproximarse de forma persistente a ese umbral modifica el atractivo relativo de prácticamente todos los activos financieros.

Un inversor puede obtener alrededor de un 5% anual manteniendo deuda estadounidense a largo plazo, un activo considerado de referencia mundial. Para invertir en acciones, inmuebles o deuda corporativa tendrá que exigir una rentabilidad adicional que compense el mayor riesgo. Esto eleva el denominado tipo de descuento utilizado para valorar las inversiones y presiona especialmente sobre los activos cuyos beneficios se esperan dentro de muchos años.

Una deuda que empieza a pesar cada vez más

El problema adquiere otra dimensión cuando se observa el coste de los intereses. Los pagos netos de intereses de la deuda federal estadounidense superaron por primera vez el billón de dólares anual en 2025, aproximadamente el 14% del gasto federal.

Reuters calcula que Washington está destinando actualmente alrededor de un billón de dólares al año al pago de intereses sobre una deuda superior a los 40 billones, equivalente a aproximadamente una quinta parte de los ingresos fiscales.

Esto introduce una dinámica especialmente delicada. Una parte creciente de los ingresos públicos tiene que dedicarse al servicio de la deuda en lugar de financiar infraestructuras, defensa, sanidad, educación o nuevos programas económicos.

Y existe un segundo problema: el Tesoro debe refinanciar periódicamente enormes cantidades de deuda que vencen. Si los nuevos bonos se emiten a tipos significativamente superiores a los de los títulos que sustituyen, el coste medio de la deuda aumenta progresivamente.

La inflación de la guerra vuelve a complicarlo todo

Uno de los factores que está detrás del reciente repunte de las rentabilidades es el aumento del precio de la energía provocado por la guerra con Irán y la incertidumbre sobre el suministro mundial de petróleo.

El Brent ha superado recientemente los 100 dólares por barril. El problema para los mercados no es únicamente que el petróleo sea más caro: un encarecimiento energético prolongado puede trasladarse a los costes de transporte, producción, alimentación y servicios, dificultando el descenso de la inflación. Reuters señalaba precisamente que el repunte del petróleo estaba reactivando las preocupaciones sobre una inflación más persistente y contribuyendo a la venta de bonos del Tesoro.

La situación coloca a la Reserva Federal ante un dilema. Si la inflación permanece elevada, existe menos margen para reducir los tipos de interés. Pero si mantiene una política monetaria restrictiva durante demasiado tiempo, aumenta el coste de financiación de hogares, empresas y Gobierno.

La paradoja es que una guerra que inicialmente puede parecer un problema geopolítico puede terminar transformándose en un problema financiero: petróleo más caro, inflación más elevada, tipos altos, bonos con mayores rentabilidades y una factura de intereses creciente.

La otra presión: la gigantesca inversión en inteligencia artificial

Existe además un factor mucho menos convencional: la enorme inversión que se está realizando para construir la infraestructura de la inteligencia artificial.

Los grandes grupos tecnológicos están destinando cientos de miles de millones de dólares a centros de datos, semiconductores, redes eléctricas, almacenamiento y nuevas instalaciones. Parte de ese esfuerzo se está financiando mediante emisiones de deuda corporativa.

Esto tiene dos efectos contrapuestos. Por un lado, la inversión en IA está impulsando la actividad económica y las expectativas de productividad futura. Por otro, genera una enorme demanda de capital y aumenta la cantidad de deuda que compite por el ahorro disponible.

El Banco de Pagos Internacionales ha señalado que el aumento de la prima de plazo de los bonos estadounidenses después del comienzo de la escalada del conflicto con Irán se ha visto acompañado por factores relacionados con el auge de la IA, incluido el incremento de las emisiones de deuda de grandes compañías tecnológicas.

Algunas estimaciones de mercado atribuyen incluso una parte relevante del incremento reciente de los tipos largos al ciclo de inversión en inteligencia artificial. El fenómeno es paradójico: la IA sostiene a la Bolsa, pero al mismo tiempo puede contribuir a elevar el coste del dinero que necesita la economía para financiarse.

El impacto llega directamente a las hipotecas

El mercado inmobiliario es uno de los primeros lugares donde se transmite una subida prolongada de los tipos largos.

En Estados Unidos, las hipotecas a tipo fijo a 30 años están estrechamente relacionadas con el mercado de bonos y, aunque no siguen exactamente al Treasury a diez años, utilizan su rentabilidad como una de las referencias fundamentales. La Reserva Federal de Boston explica que la diferencia entre el rendimiento del Treasury y el tipo hipotecario incorpora, entre otros elementos, el riesgo de los títulos hipotecarios, los costes de intermediación y las condiciones del mercado de crédito.

Con las rentabilidades del Tesoro por encima del 5%, las hipotecas estadounidenses han vuelto a superar el 7%.

Para una familia que compra una vivienda, la diferencia es enorme. Una hipoteca de 400.000 dólares a 30 años al 4% supone aproximadamente 1.910 dólares mensuales de capital e intereses. Al 7%, el pago asciende a unos 2.661 dólares. Son más de 750 dólares adicionales cada mes por la misma vivienda y el mismo importe financiado.

El efecto termina trasladándose al precio de las casas. Si las familias pueden asumir una cuota mensual menor, disminuye su capacidad de compra. Y cuando disminuye la capacidad de compra, los vendedores encuentran más dificultades para mantener precios elevados.

El riesgo para el mercado inmobiliario

Una prolongación de los tipos hipotecarios elevados puede producir un mercado inmobiliario dividido. Los propietarios que compraron o refinanciaron sus viviendas a tipos muy bajos tienen pocos incentivos para vender y contratar una nueva hipoteca mucho más cara. Al mismo tiempo, los compradores nuevos encuentran cada vez más difícil acceder a la vivienda.

Esto puede reducir simultáneamente la oferta y la demanda. No necesariamente provoca un desplome inmediato de los precios, pero sí puede reducir las transacciones, aumentar la presión sobre los compradores y deteriorar la actividad de construcción.

El comportamiento reciente de los mercados financieros ya muestra esta sensibilidad. Desde comienzos de septiembre, el sector inmobiliario estadounidense ha sufrido una caída cercana al 7%, mientras el sector financiero también ha retrocedido, según datos recogidos por MarketWatch.

La Bolsa aguanta gracias a la inteligencia artificial

Una de las características más llamativas de la situación actual es que el mercado de acciones todavía no refleja completamente la tensión del mercado de bonos.

El S&P 500 y el Nasdaq han llegado recientemente a máximos históricos, mientras el bono estadounidense a diez años alcanzaba rentabilidades no vistas desde principios de siglo. La explicación está en buena medida en el extraordinario comportamiento de las grandes compañías tecnológicas y en las expectativas de beneficios derivados de la inteligencia artificial.

Pero la aparente tranquilidad de los índices oculta una fuerte concentración. Las compañías vinculadas a la IA están sosteniendo buena parte del comportamiento de los grandes índices, mientras sectores más sensibles a los tipos de interés, como inmobiliario y financiero, están sufriendo mayores pérdidas.

Esta divergencia constituye uno de los aspectos que más vigilan los inversores. Si las rentabilidades de los bonos continúan aumentando, la valoración de las acciones tecnológicas también tendrá que enfrentarse a unos tipos de descuento mayores. Y cuanto más elevada sea la rentabilidad de un activo considerado de bajo riesgo como el Treasury, mayor será la rentabilidad que el inversor exigirá al resto del mercado.

El peligro de un círculo financiero

El escenario más preocupante no consiste en que el Treasury alcance ocasionalmente el 5%. El verdadero riesgo aparece si los tipos largos permanecen elevados durante mucho tiempo y se combinan varios factores adversos.

El mecanismo sería relativamente sencillo:

Ese círculo no implica necesariamente una crisis de deuda al estilo de otros países. Estados Unidos emite la principal moneda de reserva mundial y sus bonos siguen desempeñando un papel central en el sistema financiero internacional. Pero sí puede producir un periodo prolongado de crecimiento más lento, inflación más resistente y costes financieros elevados.

El mercado empieza a exigir respuestas

Washington ya estudia distintas alternativas para contener el incremento de las rentabilidades largas. Entre ellas se han planteado operaciones destinadas a modificar la composición de las emisiones del Tesoro y, en escenarios extremos, mecanismos que requerirían una intervención mucho mayor de la Reserva Federal. Reuters señala que estas opciones tendrían costes y riesgos importantes, especialmente si se utilizasen para contener artificialmente los tipos mientras la inflación continúa elevada.

La solución estructural, sin embargo, es mucho menos inmediata: reducir el desequilibrio entre ingresos y gastos públicos y estabilizar la trayectoria de la deuda. Con unos intereses que ya superan el billón de dólares anual, cada punto adicional de rentabilidad aplicado progresivamente a la deuda que se refinancia tiene consecuencias presupuestarias cada vez mayores.

El factor que puede cambiarlo todo: el final de la guerra

La evolución del conflicto con Irán se ha convertido en una de las variables más importantes para los mercados. Un descenso rápido y sostenible de las tensiones podría reducir el precio del petróleo, aliviar las expectativas de inflación y permitir que los mercados de bonos recuperasen parte de la estabilidad perdida.

El Banco de Pagos Internacionales estima que la escalada del conflicto ha contribuido de forma significativa al incremento de la prima de plazo de los bonos estadounidenses.

Pero incluso el final de la guerra no resolvería por sí solo el problema fiscal estadounidense. El conflicto puede estar acelerando una tendencia que ya existía: una deuda pública muy elevada, grandes necesidades de financiación, fuertes inversiones en inteligencia artificial y un mercado que empieza a exigir una rentabilidad mayor para mantener posiciones de largo plazo.

¿A un paso del abismo?

La expresión puede resultar excesiva si se interpreta como la proximidad de una quiebra de Estados Unidos. No existen actualmente indicios de que el Tesoro estadounidense esté cerca de perder su capacidad para pagar su deuda.

El riesgo es más gradual y, precisamente por eso, puede resultar más difícil de detectar. Una economía mundial acostumbrada durante años a tipos relativamente bajos está entrando en una etapa en la que el dinero vuelve a tener un precio elevado. Y Estados Unidos, por su tamaño, es el principal transmisor de ese cambio.

Si los bonos permanecen por encima del 5%, las consecuencias se extienden mucho más allá de Wall Street: hipotecas más caras, menor capacidad de compra de vivienda, mayor coste para las empresas, presión sobre los mercados de acciones y una factura de intereses cada vez mayor para el Gobierno estadounidense.

La guerra de Irán añade una variable especialmente peligrosa porque afecta directamente a la energía y, por tanto, a la inflación. La combinación de petróleo caro, deuda elevada, tipos largos altos y enormes necesidades de financiación para la IA está poniendo a prueba la capacidad de la economía mundial para absorber más deuda.

Por eso, la evolución del mercado de bonos merece tanta atención como la de las bolsas. La Bolsa puede seguir subiendo mientras la deuda se deteriora, pero el coste del dinero termina afectando a prácticamente todos los activos. El final del conflicto de Oriente Medio podría eliminar uno de los factores de presión más inmediatos; el problema de fondo —la sostenibilidad de una deuda estadounidense cada vez mayor— seguirá pendiente.

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