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Victoria de Lula frente a Bolsonaro hijo en las elecciones de Brasil

Victoria de Lula en Brasil

Victoria de Lula en Brasil

La política vuelve a recordar que no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo. Las encuestas daban una ligera ventaja al candidato ultraderechista, Trump confiaba en un aliado para ampliar su influencia en América Latina y la derecha regional veía Brasil al alcance de la mano. Pero las urnas han elegido a Lula da Silva para un cuarto mandato. La épica remontada deja una lección para quienes confunden las expectativas con los resultados: las elecciones no se ganan en los titulares ni en las hojas de cálculo.

Una victoria que muchos daban por improbable

La política tiene una costumbre bastante saludable: de vez en cuando recuerda a sus protagonistas que los pronósticos no votan.

Luiz Inácio Lula da Silva ha ganado la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil frente a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, condenado por su participación en un intento de golpe de Estado tras perder las elecciones de 2022. El resultado oficial concede a Lula el 51,79% de los votos válidos, frente al 48,21% de su rival. La diferencia supera los 4,4 millones de sufragios.

Lula consigue así un cuarto mandato presidencial, no consecutivo, y frena una nueva victoria de la derecha radical en la mayor economía de América Latina. La derrota de Flávio Bolsonaro también supone un revés para quienes esperaban consolidar una alianza regional de gobiernos afines a Donald Trump.

La sorpresa no consiste en que Lula haya vencido a un candidato que carecía de posibilidades, sino en que haya remontado una campaña en la que los últimos sondeos daban una ligera ventaja a Bolsonaro hijo. Algunas encuestas publicadas en los días previos situaban al candidato ultraderechista alrededor del 50,5% de los votos válidos, frente al 49,5% de Lula. Otras reflejaban un empate técnico.

La distancia era pequeña, pero suficiente para alimentar titulares, expectativas y, probablemente, alguna celebración prematura. Al final, la realidad electoral ha sido distinta.

La moraleja es antigua y no necesita demasiadas explicaciones: no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo. Y menos aún cuando el oso tiene más de 64 millones de votos.

Cómo consiguió Lula darle la vuelta a las previsiones

La remontada no se explica por un único factor ni significa que las encuestas carezcan de utilidad. Los sondeos son fotografías de un momento determinado, condicionadas por sus muestras, sus márgenes de error, la participación prevista y la evolución de las preferencias durante la campaña. No son actas notariales del futuro.

En este caso, además, la ventaja que algunas encuestas atribuían a Flávio Bolsonaro era reducida. Los dos candidatos llegaban a la segunda vuelta con una sociedad muy polarizada y con bloques electorales consolidados. En una competición tan ajustada, la movilización de los partidarios, la participación efectiva y la distribución territorial de los votos podían decidir el resultado.

El mapa electoral ofrece una pista importante. Lula obtuvo una ventaja extraordinaria en el nordeste brasileño, donde reunió el 69,37% de los votos válidos frente al 30,63% de Bolsonaro. La diferencia en esa región superó los 13,6 millones de sufragios, suficiente para compensar las victorias del candidato del Partido Liberal en otras zonas del país.

Bolsonaro se impuso en el sur, el centro-oeste y buena parte del sudeste, incluido el estado de São Paulo. Sin embargo, Lula venció en Minas Gerais, uno de los estados más relevantes para entender el resultado nacional, y conservó una amplia ventaja en el nordeste.

El desenlace demuestra que no basta con contar cuántas regiones gana cada candidato. Importa cuántos votos aporta cada una y con qué margen. Bolsonaro ganó en más regiones, pero Lula construyó una ventaja nacional decisiva gracias al peso demográfico y a la intensidad de su victoria en sus territorios más favorables.

También conviene recordar que el candidato ultraderechista había quedado por delante de Lula en la primera vuelta. La campaña posterior no convirtió una victoria segura en una derrota inevitable: puso de manifiesto que una ventaja inicial no garantiza la victoria final.

La política electoral tiene estas cosas. Algunos candidatos creen haber ganado cuando todavía quedan millones de personas por votar. Las urnas, bastante menos impresionables que los comentaristas, suelen reservarse la última palabra.

El apellido Bolsonaro no bastó

Flávio Bolsonaro se presentó como heredero político de su padre, Jair Bolsonaro, expresidente condenado por su participación en el intento de golpe de Estado para impedir la transferencia del poder tras las elecciones de 2022.

La condena del antiguo mandatario convirtió la defensa de las instituciones democráticas en uno de los grandes elementos del contexto político brasileño. La candidatura de su hijo ofrecía continuidad a un movimiento que conserva una base social importante, pero también obligaba a los electores a decidir si querían prolongar esa etapa política.

La derrota no significa que el bolsonarismo haya desaparecido. Casi 60 millones de votos constituyen una demostración de fuerza que ningún análisis serio debería ignorar. Brasil sigue profundamente dividido y la derecha conserva una presencia relevante en las instituciones y en la sociedad.

Pero el resultado sí establece un límite a la idea de que el apellido Bolsonaro basta para recuperar automáticamente el poder. La sucesión familiar puede facilitar la continuidad de un movimiento, pero no sustituye la necesidad de convencer a una mayoría electoral.

Hay otra ironía en el desenlace. El candidato derrotado siguió inicialmente el camino de su padre al cuestionar el resultado electoral. Flávio llegó a reclamar que las elecciones fueran anuladas, alegando irregularidades relacionadas con la ampliación del horario de votación en determinados lugares por problemas de transporte y condiciones meteorológicas. El lunes dio marcha atrás en sus planes de impugnación.

Las autoridades electorales anunciaron oficialmente la victoria de Lula y mantuvieron el resultado. Cuestionar una decisión concreta de la administración electoral es legítimo; pretender anular unas elecciones requiere pruebas y fundamentos jurídicos suficientes.

La democracia no consiste en aceptar únicamente los resultados que agradan a cada candidato. Si la regla cambia según quién gane, deja de ser una regla y se convierte en una conveniencia.

Trump descubre que su influencia también tiene límites

La victoria de Lula representa un contratiempo para Donald Trump, que ha tratado de reforzar la influencia estadounidense en América Latina mediante una red de gobiernos conservadores afines.

Brasil ocupa una posición estratégica por el tamaño de su economía, sus recursos naturales, su peso diplomático y su influencia en los BRICS. Para Washington, contar con un Gobierno brasileño alineado con sus prioridades supondría una ventaja en cuestiones comerciales, energéticas y geopolíticas.

La Administración Trump había ejercido presión sobre Brasil durante los meses previos a las elecciones. Entre las medidas adoptadas figuraron aranceles del 50% sobre numerosas importaciones brasileñas y sanciones vinculadas al caso judicial de Jair Bolsonaro. Washington negó que su política constituyera una injerencia electoral, mientras que sus críticos denunciaron un intento de favorecer al entorno del expresidente.

La derrota de Flávio Bolsonaro impide, al menos por ahora, que Trump incorpore Brasil a su red de aliados regionales. No significa que Estados Unidos pierda toda su influencia en el país, ni que Lula vaya a romper necesariamente las relaciones económicas y diplomáticas con Washington. Ambos gobiernos tienen intereses compartidos y deberán negociar cuestiones como el comercio, las materias primas y la seguridad.

Pero el resultado deja una imagen incómoda para la estrategia de Trump: la presión exterior y las afinidades ideológicas no garantizan que los ciudadanos de otro país voten como desea la Casa Blanca.

El presidente estadounidense reaccionó el lunes cuestionando la limpieza de las elecciones brasileñas. «Parecía otra elección amañada», afirmó, sin aportar pruebas que sustentaran esa acusación. También aseguró que no había apoyado a ningún candidato, pese a los gestos previos de cercanía con el entorno de Bolsonaro.

Resulta llamativo que una elección sea impecable cuando favorece a sus aliados y sospechosa cuando los derrota. La democracia tiene una peculiaridad que algunos dirigentes todavía parecen encontrar irritante: los votantes no necesitan solicitar permiso a ningún presidente extranjero para elegir a su propio Gobierno.

Europa felicita a Lula y mira hacia Mercosur

La reacción europea ha sido muy distinta. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, felicitó a Lula y afirmó que la democracia y el multilateralismo habían ganado en Brasil. El presidente del Consejo Europeo, António Costa, también destacó que el pueblo brasileño había hablado y expresó su voluntad de profundizar las relaciones entre ambas partes.

No se trata únicamente de afinidades políticas. La relación entre Brasil y la Unión Europea tiene una dimensión económica importante, especialmente por el acuerdo comercial entre la UE y Mercosur, el bloque integrado por Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay.

Lula ha defendido la cooperación internacional, el comercio y la acción climática, ámbitos en los que Bruselas considera a Brasil un interlocutor relevante. Por el contrario, Flávio Bolsonaro había cuestionado las limitaciones que atribuye a Mercosur y defendido una mayor libertad para negociar acuerdos comerciales por separado.

La victoria de Lula ofrece a la Unión Europea continuidad en una relación que considera estratégica. También refuerza la importancia de Brasil en un contexto internacional marcado por las tensiones comerciales y la competencia entre grandes potencias.

El presidente francés, Emmanuel Macron, y otros dirigentes europeos se sumaron a las felicitaciones. Pedro Sánchez celebró el resultado y fue más allá de la diplomacia habitual: afirmó que lo sucedido en Brasil sucedería también en España y presentó la victoria como el comienzo de una remontada del progresismo global.

La declaración tiene una evidente lectura política nacional. Sánchez interpreta el resultado brasileño como una señal de que las victorias de la derecha no son inevitables. Sin embargo, trasladar automáticamente lo ocurrido en un país a otro sería repetir el mismo error que han cometido quienes daban por ganada la elección brasileña antes de tiempo.

España y Brasil tienen sistemas políticos, electorados, partidos y circunstancias económicas diferentes. La victoria de Lula puede servir de referencia para los partidos españoles, pero no constituye un pronóstico de sus próximas elecciones.

La tentación de convertir cada resultado extranjero en una profecía doméstica es comprensible. También es una forma bastante rápida de volver a vender la piel del oso.

Milei guarda silencio mientras pierde un aliado potencial

La reacción del presidente argentino, Javier Milei, merece un capítulo aparte.

Milei había respaldado públicamente a Flávio Bolsonaro y mantenido una posición muy crítica hacia Lula. Durante la campaña, calificó al presidente brasileño de «ladrón corrupto», una descalificación que refleja la distancia ideológica entre ambos dirigentes.

Sin embargo, durante la tarde del lunes, el Gobierno argentino todavía no había reconocido públicamente el resultado electoral brasileño. Mientras otros dirigentes regionales felicitaban a Lula, el silencio de Buenos Aires destacaba por su excepcionalidad.

La relación entre Brasil y Argentina es demasiado importante para quedar reducida a las diferencias personales entre sus presidentes. Ambos países tienen intereses comerciales, industriales y diplomáticos compartidos, además de una responsabilidad central en el funcionamiento de Mercosur.

La victoria de Lula obliga a Milei a convivir con un vecino cuyo presidente representa buena parte de lo que el mandatario argentino combate en su discurso político. También complica la posibilidad de construir un bloque regional ideológicamente homogéneo alrededor de Trump.

Pero las relaciones internacionales no se mantienen exclusivamente con afinidades ideológicas. Los gobiernos pueden discrepar profundamente y, aun así, necesitar acuerdos para proteger sus economías y gestionar problemas comunes.

El silencio diplomático puede expresar incomodidad política, pero no resuelve ninguna de esas necesidades. Y si la política exterior se convierte en una competición para ver quién felicita menos al vecino, los costes terminan siendo compartidos por los ciudadanos.

Una derrota para la ola ultraderechista, pero no su final

La victoria de Lula llega en un momento en el que numerosos países latinoamericanos han experimentado avances electorales de fuerzas conservadoras o ultraderechistas. La derrota de Flávio Bolsonaro rompe la expectativa de una nueva victoria de ese bloque en Brasil, pero sería prematuro interpretar un solo resultado como el final de esa tendencia.

El bolsonarismo conserva una base electoral enorme. La polarización sigue presente y el nuevo mandato de Lula tendrá que afrontar problemas de seguridad pública, coste de la vida, crecimiento económico y gobernabilidad.

Además, el presidente reelecto no dispondrá de un camino político despejado. La derecha mantiene una presencia importante en el Congreso y tendrá capacidad para condicionar parte de la agenda legislativa. Ganar la presidencia no equivale a controlar todas las instituciones ni a conseguir una mayoría social permanente.

La victoria también plantea una exigencia para Lula: transformar el respaldo electoral en resultados concretos. Los votantes pueden premiar a un dirigente por evitar una alternativa que consideran peligrosa, pero eso no significa que renuncien a exigir mejoras económicas y sociales durante los próximos años.

Las elecciones son una fotografía de las preferencias ciudadanas en un momento determinado, no un cheque en blanco.

La lección que dejan las urnas brasileñas

La elección brasileña deja una enseñanza que trasciende las fronteras del país. Las encuestas son herramientas útiles, pero no sustituyen al recuento. Los apoyos internacionales pueden dar visibilidad a un candidato, pero no garantizan su victoria. Y una familia política puede heredar un movimiento, pero no hereda automáticamente los votos necesarios para gobernar.

Trump tendrá que asumir que su influencia regional no es ilimitada. Milei deberá relacionarse con un presidente brasileño ideológicamente distante. Europa, por su parte, encuentra una oportunidad para profundizar su relación con Brasil y defender sus intereses comerciales y diplomáticos.

Lula, mientras tanto, tendrá que demostrar que la confianza recibida en las urnas puede traducirse en resultados para un país dividido.

La ironía final es que, durante semanas, algunos trataron la victoria de Flávio Bolsonaro como una cuestión casi resuelta. La realidad ha terminado recordando que una encuesta no es una urna, una afinidad ideológica no es una mayoría y un pronóstico no es un resultado.

En política, como en la caza, conviene esperar a que termine la jornada antes de repartir la piel del oso. Sobre todo si el oso todavía tiene más de cuatro millones de votos por delante.

Fuentes:

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