El presidente estadounidense intensifica sus ataques contra el mandatario ucraniano, al que llega a reclamar que abandone el poder, mientras intenta responsabilizar a Kiev del encarecimiento de los combustibles. La guerra con Irán, los acuerdos energéticos con Moscú y el fracaso de la tregua energética dejan al descubierto las contradicciones de una estrategia exterior cada vez más condicionada por el coste político de la gasolina en Estados Unidos.
Trump culpa a Zelenski de una guerra iniciada por Rusia
Donald Trump ha vuelto a cargar contra Volodímir Zelenski con una dureza que va mucho más allá de las habituales discrepancias diplomáticas entre Washington y Kiev. El presidente estadounidense ha acusado al dirigente ucraniano de obstaculizar el final de la guerra y ha llegado a sugerir que Ucrania necesita un nuevo presidente capaz de alcanzar un acuerdo con Moscú.
«Zelenski podría haber terminado esta guerra muchas veces», afirmó Trump el 10 de octubre, antes de añadir que había llegado el momento de que Ucrania eligiera a otro dirigente. Sus declaraciones, recogidas por Associated Press, se produjeron después de que el mandatario estadounidense responsabilizara también a Ucrania del encarecimiento del diésel en los mercados internacionales.
La acusación contiene una inversión significativa de los términos del conflicto. La guerra a gran escala comenzó el 24 de febrero de 2022, cuando Rusia lanzó su invasión de Ucrania. Desde entonces, el Kremlin ha ocupado territorios ucranianos y ha mantenido una campaña militar que incluye ataques contra infraestructuras energéticas y ciudades.
Trump, sin embargo, insiste en que Zelenski ha desaprovechado oportunidades para negociar la paz. Esta interpretación desplaza parte de la presión política desde el país invasor hacia el Gobierno que intenta defender su territorio.
La cuestión no es si Ucrania debe negociar una salida al conflicto. La discusión reside en las condiciones de esa negociación, las garantías de seguridad que recibiría Kiev y la responsabilidad de cada parte a la hora de mantener o detener las hostilidades.
El presidente estadounidense ha optado por aumentar la presión pública sobre Zelenski, mientras mantiene abierta la interlocución con Vladímir Putin. Esta diferencia de trato alimenta las críticas de quienes consideran que Washington está debilitando la posición negociadora ucraniana antes de haber conseguido compromisos verificables del Kremlin.
El petróleo antes de la guerra con Irán era mucho más barato
Uno de los argumentos utilizados por Trump para justificar sus ataques contra Zelenski es el encarecimiento de los combustibles. El mandatario sostiene que los ataques ucranianos contra las refinerías rusas están contribuyendo al aumento de los precios, especialmente del diésel, y reclama a Kiev que suspenda esas operaciones.
Sin embargo, hay un dato que complica considerablemente ese argumento: el petróleo ya se encontraba en niveles muy inferiores antes de que comenzara la guerra con Irán.
El barril de Brent, referencia internacional del crudo, cerró el 27 de febrero de 2026 en torno a los 72,48 dólares, el último día de negociación antes de los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán, iniciados el 28 de febrero. Durante las semanas posteriores, la interrupción de los flujos energéticos y la incertidumbre sobre el tránsito por el estrecho de Ormuz provocaron fuertes subidas.
En octubre, las cotizaciones volvieron a situarse muy por encima de aquella referencia. El 12 de octubre, el Brent se negociaba alrededor de los 103 dólares por barril, según los datos recogidos por Al Jazeera.
La comparación es relevante: el mercado petrolero ha pasado de unos 72 dólares antes del conflicto con Irán a niveles superiores a los 100 dólares en determinadas sesiones de octubre. La evolución no demuestra que toda la subida sea atribuible exclusivamente a esa guerra, porque también influyen la oferta, la demanda, las sanciones y los ataques contra instalaciones energéticas. Pero sí evidencia que el conflicto de Oriente Medio constituye un factor central que no puede ignorarse al explicar el encarecimiento del combustible.
Trump intenta poner el foco en las refinerías rusas atacadas por Ucrania. Esas operaciones pueden reducir la capacidad de producción de combustibles y contribuir a tensiones en determinados mercados, sobre todo en el del diésel. No obstante, atribuirles la responsabilidad principal del encarecimiento global exige pruebas que permitan separar ese efecto del provocado por la guerra con Irán y las restricciones al transporte marítimo.
El presidente estadounidense tiene, además, un problema político añadido: el conflicto con Irán se ha desarrollado bajo su propia Administración. Por ello, culpar a Ucrania de la subida de los carburantes permite desviar parte de la atención de una guerra cuyas consecuencias económicas afectan directamente a los consumidores estadounidenses.
Un acuerdo energético con Putin que beneficia a Moscú
La contradicción se ha hecho más evidente con el anuncio de un acuerdo de suministro de diésel ruso a los mercados internacionales.
Trump anunció el 9 de octubre un entendimiento con Putin para facilitar la llegada de combustible ruso, con una primera entrega superior a las 300.000 toneladas y compromisos de suministro posteriores. La iniciativa se presentó como una forma de aliviar la presión sobre los precios energéticos.
El planteamiento resulta llamativo: mientras el presidente estadounidense exige a Ucrania que deje de atacar las instalaciones petroleras rusas, negocia con el Kremlin la comercialización de sus combustibles como una vía para aliviar los problemas de abastecimiento.
Desde el punto de vista económico, aumentar la oferta disponible puede contribuir a moderar los precios si existe una demanda suficiente y los suministros llegan efectivamente al mercado. Pero el acuerdo también tiene una dimensión geopolítica. Los ingresos procedentes de las exportaciones energéticas constituyen una fuente de financiación para el Estado ruso, que mantiene su esfuerzo militar en Ucrania.
Kiev ha advertido de que facilitar nuevas ventas de combustible ruso puede proporcionar recursos adicionales a Moscú para continuar la guerra. Las críticas también se han extendido entre dirigentes occidentales preocupados por el posible debilitamiento de las sanciones y por las consecuencias de negociar directamente con Putin sin garantías equivalentes para Ucrania.
El acuerdo, además, refuerza una pregunta incómoda para Washington: ¿cómo puede defenderse la necesidad de reducir la capacidad militar rusa mientras se facilita que el Kremlin obtenga ingresos adicionales de sus exportaciones energéticas?
Trump puede argumentar que la prioridad inmediata es garantizar el suministro y abaratar el combustible. Sus críticos responden que esa solución puede aliviar temporalmente las tensiones de precios, pero también reducir la presión económica sobre Rusia y debilitar la posición negociadora de Ucrania.
La controversia no demuestra por sí sola que exista una alianza política entre Trump y Putin. Sí pone de manifiesto que las decisiones de la Casa Blanca están coincidiendo en varios aspectos con objetivos defendidos por Moscú, especialmente cuando se trata de limitar los ataques ucranianos contra infraestructuras rusas y facilitar la salida de sus productos energéticos al mercado.
La tregua energética fracasa ante los ataques rusos
El intento de imponer una pausa en los ataques contra instalaciones energéticas ha terminado agravando las diferencias entre Washington y Kiev.
El 11 de octubre, Trump anunció que Rusia y Ucrania habían aceptado una tregua energética con efecto inmediato. Sin embargo, el anuncio no estuvo acompañado de un acuerdo detallado y verificable que ambas partes hubieran confirmado públicamente. Moscú no ofreció una aceptación inequívoca de los términos anunciados por Washington y Ucrania pidió conocer las condiciones concretas.
La diferencia entre anunciar una tregua y disponer de un compromiso efectivo se hizo evidente durante los días siguientes. Rusia continuó atacando instalaciones energéticas ucranianas, mientras Kiev denunciaba que sus centrales eléctricas y otras infraestructuras seguían bajo amenaza.
El Gobierno ucraniano había expresado su disposición a detener los ataques contra las instalaciones energéticas rusas si Moscú hacía lo mismo. Pero la continuidad de las ofensivas rusas convirtió esa pausa en una medida difícil de sostener para Kiev.
El 15 de octubre, Ucrania reanudó los ataques contra refinerías rusas, incluida una instalación de Rosneft en la región de Riazán. Zelenski anunció que su país dejaba de respetar la suspensión de operaciones contra objetivos energéticos ante la falta de reciprocidad rusa.
La secuencia, descrita por Reuters, revela la debilidad del anuncio estadounidense. Una tregua necesita mecanismos de verificación, compromisos definidos y consecuencias ante los incumplimientos. Sin ellos, corre el riesgo de convertirse en una exigencia unilateral dirigida principalmente a una de las partes.
La posición de Trump ha sido presionar a Ucrania para que suspenda sus operaciones contra las refinerías rusas. Sin embargo, si Rusia continúa atacando la red eléctrica ucraniana mientras Kiev se abstiene de responder contra instalaciones equivalentes, el resultado puede ser una asimetría militar y económica favorable a Moscú.
Zelenski ha criticado precisamente ese desequilibrio y la disposición de Trump a negociar acuerdos con Putin mientras mantiene una presión pública mucho más intensa sobre el dirigente ucraniano.
Una política exterior cada vez más próxima a las prioridades del Kremlin
Las decisiones recientes de Trump han abierto un debate sobre la orientación de la política exterior estadounidense hacia Rusia. Las críticas no se limitan a la retórica utilizada contra Zelenski, sino que abarcan las condiciones de las negociaciones, el futuro de las sanciones y la continuidad del apoyo militar y de inteligencia a Ucrania.
El Kremlin lleva tiempo defendiendo que Kiev debe aceptar las condiciones rusas para poner fin a la guerra. Entre sus objetivos se encuentran consolidar las conquistas territoriales, limitar las capacidades militares ucranianas y reducir la influencia occidental sobre el país.
Trump, por su parte, sostiene que quiere terminar el conflicto y que la presión sobre Zelenski busca desbloquear las negociaciones. Su Administración puede presentar esa estrategia como un intento de forzar compromisos que hasta ahora no se han alcanzado.
Pero la cuestión fundamental es si la presión se distribuye de manera equilibrada. Si Washington condiciona la ayuda a Ucrania, reclama el fin de sus ataques contra instalaciones rusas y facilita simultáneamente las exportaciones energéticas de Moscú, el Kremlin puede obtener ventajas sin haber aceptado previamente una paz duradera.
En este contexto, hablar de una alineación de Trump con el Kremlin debe entenderse como una valoración de los efectos de sus decisiones, no como una prueba de que ambos gobiernos compartan todos sus objetivos. Lo que sí puede observarse es que algunas de las medidas anunciadas por la Casa Blanca coinciden con intereses estratégicos rusos y han provocado inquietud entre los aliados europeos de Ucrania.
La diferencia entre una negociación que conduzca a un alto el fuego verificable y una negociación que obligue a Kiev a aceptar unilateralmente determinadas condiciones será decisiva para evaluar el resultado de esta política.
La gasolina se convierte en un problema electoral para Trump
La presión sobre Zelenski no puede separarse del calendario político estadounidense. Las elecciones legislativas de mitad de mandato se celebran en noviembre y los precios de la energía se han convertido en una de las principales preocupaciones económicas de los votantes.
La gasolina es un indicador especialmente sensible para la opinión pública estadounidense. Su precio se consulta con frecuencia, afecta directamente a millones de conductores y repercute en el transporte de mercancías, la agricultura y otros sectores económicos. El diésel, además, influye en los costes logísticos y puede trasladarse a los precios de numerosos productos.
Los datos de octubre reflejan el alcance del problema. Según una información de Reuters publicada el 9 de octubre, el precio medio nacional de la gasolina en Estados Unidos alcanzó los 4,36 dólares por galón, frente a los 3,11 dólares de un año antes. El diésel se situó en 6,28 dólares por galón.
La misma información recogía los resultados de una encuesta de Reuters/Ipsos según la cual el 78 % de los estadounidenses atribuía a las políticas de Trump el aumento del coste de la vida por encima de los ingresos. La cifra incluía mayorías de republicanos y demócratas, lo que indica que el malestar no se limita a los votantes de la oposición.
La encuesta se realizó entre 4.506 adultos estadounidenses y tenía un margen de error aproximado de dos puntos porcentuales para el conjunto de la muestra. No significa que el 78 % de los ciudadanos rechace a Trump en todos los asuntos ni permite anticipar por sí sola el resultado electoral. Sí muestra que el encarecimiento de la vida constituye un problema político relevante para su Administración.
La guerra con Irán complica la promesa de Trump de reducir los costes para las familias. La subida de la gasolina y del diésel afecta a la percepción de la economía incluso cuando otros indicadores presentan una evolución más favorable. Para muchos hogares, el coste de llenar el depósito tiene más impacto inmediato que los datos de crecimiento económico o de inversión.
En este escenario, responsabilizar a Ucrania de parte de la subida permite a Trump construir una explicación alternativa: el problema no sería principalmente la guerra impulsada por su propia Administración, sino los ataques ucranianos contra las refinerías rusas y las restricciones de capacidad de otras instalaciones.
Sin embargo, los precios de los carburantes dependen de múltiples factores y no pueden atribuirse a una sola causa. La interrupción de los flujos energéticos por el conflicto de Oriente Medio, las expectativas de suministro, los márgenes de refino y las tensiones sobre el mercado del diésel forman parte de una misma crisis.
El riesgo para Trump es que el intento de desplazar la responsabilidad hacia Zelenski no resulte convincente para una parte del electorado que percibe directamente las consecuencias económicas de la guerra con Irán.
El coste político de culpar a Ucrania
La estrategia de Trump presenta una contradicción difícil de resolver. El presidente exige a Zelenski que facilite el final de la guerra, pero al mismo tiempo reclama a Ucrania que limite una de las herramientas con las que intenta debilitar la capacidad militar rusa: los ataques contra las instalaciones que producen y procesan combustibles.
Al mismo tiempo, busca acuerdos energéticos con Putin para aliviar el coste de los carburantes y anuncia treguas que no se traducen en un cese verificable de los ataques rusos.
Desde una perspectiva electoral, la prioridad de la Casa Blanca parece clara: reducir la presión sobre el precio de la energía antes de las elecciones legislativas. Pero una política exterior concebida para producir resultados económicos inmediatos puede entrar en conflicto con los objetivos estratégicos de Estados Unidos y con los compromisos de seguridad adquiridos con sus aliados.
La cuestión es si el alivio del mercado energético puede conseguirse sin proporcionar a Rusia nuevas ventajas económicas y militares. También está por ver si el electorado considera suficiente la explicación de que el encarecimiento de la gasolina se debe a factores externos o si atribuye al propio presidente parte de la responsabilidad por las consecuencias de la guerra con Irán.
Una tregua sin garantías y una relación transatlántica bajo presión
Los acontecimientos de los últimos días han dejado a Ucrania en una posición diplomática delicada. Zelenski necesita mantener el apoyo estadounidense, pero también evitar que las negociaciones reduzcan sus opciones militares sin garantizar una disminución efectiva de los ataques rusos.
Europa, por su parte, afronta el desafío de sostener la ayuda a Kiev si la Administración Trump reduce su implicación o condiciona el apoyo a concesiones que los gobiernos europeos consideran insuficientes para garantizar la seguridad a largo plazo.
La tregua energética ha demostrado que los anuncios políticos no bastan cuando no existe un mecanismo claro para verificar el cumplimiento de los compromisos. La reanudación de los ataques ucranianos contra las refinerías rusas después de las nuevas ofensivas del Kremlin vuelve a situar la guerra en una dinámica de represalias.
Trump puede seguir defendiendo que su presión sobre Zelenski es necesaria para alcanzar un acuerdo. Sin embargo, mientras Rusia no acepte compromisos verificables y continúe atacando las infraestructuras ucranianas, la responsabilidad de mantener la tregua no puede recaer exclusivamente sobre Kiev.
El encarecimiento de la energía ha añadido una dimensión electoral a un conflicto que ya tenía enormes consecuencias militares y humanitarias. La cuestión que queda abierta es si la Casa Blanca logrará reducir los precios sin debilitar la posición de Ucrania o si, por el contrario, las urgencias políticas internas terminarán condicionando una negociación que afecta a la seguridad de toda Europa.